sábado, 13 de febrero de 2016

Mantecas 160m 6a+ Roca Alta


El jueves pasado fuimos a Vilanova de Meià a escalar, un lugar del cual me he olvidado con el tiempo, pero que de vez en cuando me apetece ir para recordar viejos tiempos. Después de muchos días de no ver el Sol por el Pirineo decido bajar a buscarlo y aprovechar para queda con Paco Aranda. En mi mente daban solecito todo el día, pero la realidad es que el cielo estuvo cubierto desde que salí de casa, Paco venía del lugar opuesto y también hizo todo el viaje con nubes y llovizna, mal pintaba el día. Alargamos la conversación en el bar esperando que mejorara pero nada, todo y con eso decidimos subir al parquing de la Roca Alta a ver si allí, más arriba, salía el Sol, pero también estaba cubierto y goteando. Esperamos media hora dentro del coche y finalmente decidimos salir e intentarlo, ya que en algún momento que conseguimos ver la pared anaranjada, no se veía muy mojada.

Con determinación nos dirigimos a la Peque Mantecas, una bonita clásica que casualmente no habíamos escalado ni Paco ni Yo, cosa difícil en este lugar para nosotros. Como es costumbre, una vez en el pie de vía nos jugamos a la piedra a ver quien empieza, y me toco a mí. Empiezo entre nubes a escalar el primer largo, con una pinta igual de fantasmagórica que  apetecible. Una fisura vertical de pequeños cantos y cosida a pitones de los ochenta, pero que todo y con eso protejo con friends hasta el rojo de camalot, y si hubiera cogido el amarillo también lo hubiera puesto. El segundo largo es un desplome un poco a bloque protegido por un parabolt y un pitón. El tercer largo me vuelve a tocar a mí, un diedro vertical muy estético. El cuarto lo hace Paco, un muro de quinto grado super guapo pero que con las manos frías fue como escalar con manoplas, sin tacto. El siguiente largo en travesía a la derecho lo hago muy rápido porqué empezaron a caer gotas más gordas y todavía nos quedaba el último largo de 6a+ que hizo Paco, y que me alegró mucho el momento en qué le oí cantar reunión. El tramo final tiene un diedro y una travesía a izquierdas difícil y un poco a bloque pero bien protegido con paraboles y una “v” en el paso clave.

Llegamos arriba  muy contentos por haber vencido la voz interior que nos decía de quedarnos en el Bar Cirera y superar todas las adversidades con la motivación de escaladores veinteañeros. No fue una escalada más, sinó una lección de cómo hay que vivir.










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